Octubre de 1976. Aula grande repleta de alumnos de primero de Ciencias de la Información en la Universidad Auónoma de Bellaterra en Barcelona.
Palabras de «bienvenida» a cargo de un profesor de teoría de la comunicación:
-Os habéis equivocado de estudios. No encontraréis trabajo como periodistas. Y en cuanto a los que os queréis especializar en publicidad, ya os aviso de que no cuentan con mi simpatía los que se dedican a hacernos beber más coca-cola.
Una década después yo ya era redactor-jefe de un diario en Barcelona y aquel introductor agorero e inmisericorde, rebotado de la Universidad, un simple y raso redactor a mis órdenes.
Todos los que iniciamos la carrera en otoño de 1976 recordamos dos hechos: la muerte reciente del general Franco un año antes y el jarro de agua fría que nos vertieron en el cogote en el primer día de clase.
No fue un jarro aleccionador, ni moderador de expectativas, ni encarrillador de nuestros afanes.
Fue el miserable mazazo del resentido, del vendedor de pesimismo, del resabiado por haber llegado antes y haberse dado de bruces primero.
Aquel jarro de agua fría fue recordado en muchas cenas de aniversario de promoción.
Para mí fue emblemático del desvarío de un oficio que -sin ser revolucionario- devoraba con fruición a sus propias criaturas tras haberles quitado hasta su última gota de sangre.
Y todo desde supuestos talantes de modernidad y progreso.
El tiempo coloca a cada uno en su lugar.