Por fin puedo escuchar de nuevo la canción «Los cuatro luceros» -gentileza del programa «El último guateque» de Radio Calvià- un éxito del cantautor Hilario Camacho en los años setenta.
Supe con pena que Hilario Camacho había muerto hace pocos meses. Como tantos otros: Bruno Lomas, Cecilia, Nino Bravo…
La muerte de un cantante querido constituye un duro zarpazo a la memoria.
Olores y músicas nos permiten tener puntos de referencia de los años vividos. No hay viaje más raudo al pasado que el propiciado por un olor o por un sonido.
No puedo evitar retrotraerme a mi infancia siempre que huelo a pan quemado en la tostadora.
Puedo llegar posiblemente hasta mis dos años de edad cuando oigo -difícil hoy- el sonido del afilador con su musiquilla de flauta ascendiente.
Hace unos meses vi a uno por las calles de Ayamonte, en Huelva, y le estuve siguiendo, no fuera que siguiendo su pasos me devolviera a la infancia.
Olores y sonidos nos retrotraen.
Y es cuando oigo «Los cuatro luceros» que me acuerdo de la niña de los ojos negros.