Me he embarcado unas horas frente a Porto Colom, en la costa oriental de Mallorca, a la pesca y captura de «raors», sabrosa especie autóctona, cuya veda se acaba de levantar.
Mar rizada, sol inclemente, salitre en la piel y vómitos. Es en esos momentos cuando descubres el valor real de la metáfora «llevar la nave a buen puerto».
La mar abierta es insospechadamente peligrosa, especialmente para los grumetillos como yo.
Ves el agua negra y las olas procelosas y te percatas de la fragilidad de tu barquita, no muy lejos de riscos afilados.
También descubres la importancia de gestionar bien el poco espacio de que dispones. De ubicarte en el lugar adecuado. De repartir el peso equilibradamente. No sea que la barca vuelque.
Y cuando a pesar de tus precauciones el tiempo es tornadizo, el mar se irrita y tú regresas, cómo ansias entrar por la bocana del puerto, surcar aguas quietas, pisar el muelle. Sentirte en buen puerto.
Son momentos en que las metáforas ya no son literatura de consumo rápido sino vivencias que se graban en la carne y en la mente.
Qué bien se está abrigado en un buen puerto.