Huracanes y terremotos suponen experiencias estremecedoras. La naturaleza embravecida impone su ley.
Es un buen momento para recordar que vivimos inmersos en el riesgo.
Son momentos en que el planeta se nos antoja indómito. La condición de ser humano pasa a un segundo plano. Los elementos se desatan, el viento zarandea el entorno, la tierra tiembla bajo nuestros pies.
Que estos fenómenos sean cada vez más frecuentes es un mal augurio. La más básica de nuestras necesidades es la seguridad. Y cuando la naturaleza ruge, nos recuerda nuestra vulnerabilidad. Y anhelamos entonces un momento gozoso: el retorno de la calma.
Tanto desarreglo geológico y atmosférico hacen presagiar un planeta irritado. Con las entrañas escocidas. Cansado ya quizá de sus 6.000 millones de inquilinos.
En nuestras peores pesadillas se vislumbra un gran desahucio.