Comienzos de los 80. Filmoteca de Barcelona en su emplazamiento de entonces a cuatro pasos de la catedral. El escritor Paco Umbral sale al estrado embutido en una kilométrica bufanda blanca.
-Perdonarán que les hable en castellano. Es la lengua de Antonio Tejero pero también la de Antonio Machado.
Ovación inmediata.
La anécdota me viene a la cabeza tan pronto he sabido de la muerte de Umbral. Su fallecimiento me entristece. Ha sido un referente para todos aquellos que fuimos jóvenes durante la transición en España.
Sus libros «Las ninfas» y «La noche que llegué al Café Gijón» me marcaron profundamente.
En el escritor castellano vibraba un idioma brillante y voluptuoso, gran capacidad en el esgrima dialéctico y artículos periodísticos de relumbrón, aunque con concesiones a veces irritantes a la forma, el desplante o la «boutade».
Presumía Umbral de hacer sus artículos en 10 minutos. Probablemente en menos a la luz de lo deshilachado de algunos de ellos. Pero su facilidad literaria era innegable a la par que exprimía públicamente el jugo de tener eso: una personalidad propia y mucho fuelle carnal tras 40 años de régimen de pescado hervido.
Su voz campanuda, la superposición compacta del personaje sobre la persona, las diversas capas de egolatría que le vestían, sus caprichos atrabiliarios, sus cicatrices de una cierta vida de trinchera (no exageremos), su talante amoroso en un sector profesional (el periodismo) más bien moroso, su innegable sentimentalismo, su desparpajo mesetario y ese toque arrogante de los que no siempre han comido caliente y ahora se resarcen…sí, sí, todo eso hacía de él un tipo entrañable.
Para entender los Madriles hay que leer a Umbral. Para entender la transición hay que tener en cuenta a Umbral. Para congraciarse con el idioma y escuchar tañidos de campanas antiguas y de aceros nobles, hay que leer a Umbral.
Yo querìa mucho a Umbral y sin embargo hasta esta mañana no me he dado cuenta cabal de ello.