Siempre soñé que un libro mío se titularía así: «Capitán Chimenea».
Por el momento no ha sido así y opto por concederle la categoría de titular de hoy de mi inserción bitacoriana.
«Capitán Chimena» rezaba una pintada que leí -cuando apenas tendría yo 10 años- en la pared de uno de los tinglados porturarios de Barcelona, en la llamada calle Astilleros…
La fuerza de estas dos palabras juntas en un lugar tan apropiado (un edificio decrépito junto a los muelles de carga) me han acompañado hasta la fecha.
Pienso en ellas y huelo a mar. Pienso en ellas y me traslado a la Barceloneta de los años 60, sucia y entrañable. Pienso en ellas y recuerdo los preceptivos paseos familiares por el rompeolas.
Acabo de regresar en barco desde Mallorca y he comprobado que los viejos tinglados ya no están. Han sido derruidos, la zona reurbanizada y el paisaje rediseñado.
Me hubiera gustado quedarme con los adoquines en que alguien pintó las dos mágicas palabras. La evocación de un mítico lobo de mar. Quizá el hijo secreto del capitán Haddock. Quién sabe.