Esto es lo que hay

Miguel Ángel Violán

Un tal Jordi Pujol Soley

Envejecido, con sus 77 años a cuestas. Me ve en el fondo del estudio de “Catalunya Ràdio” y me señala conspicuamente con el dedo: “A ti te conozco” me dice con su lenguaje gestual.

Me he reencontrado ayer, domingo, con Jordi Pujol Soley , ex presidente de la Generalitat. Le he explicado que continúo viviendo en Mallorca. Viéndole no he podido evitar de pensar sobre el implacable paso del tiempo.

Sin embargo, el ex presidente mantiene su memoria de elefante. Ante el micrófono le preguntan por su canción favorita. Ha escogido la vibrante canción de los coros de “Nabuccodonosor” de Verdi, si bien confiesa que no le tira la ópera ante el radiofonista Xavier Solà , director de “El Suplement” (premio Ondas 2006).

Se trata de la pieza emblemática “Va pensiero”, un canto de esperanza del pueblo judío en pos de un futuro mejor. “Conozco la obra y el momento histórico para el pueblo judío que representa”-confesó el ex mandatario catalán.

A Jordi Pujol le traté por primera vez en 1987 en la Casa dels Canonges, su residencia oficial en el Palau de la Generalitat. En vísperas de un viaje oficial a Israel nos convocó a una cena a los jefes de información política de los principales medios de comunicación catalanes.

Yo era nuevo en la plaza y guardé un prudente silencio, a lo que ya soy generalmente proclive. Pero yo era la novedad y querían oirme hablar. Sentía yo la mirada escrutadora del secretario de la presidencia, Lluis Prenafeta. Fue su adjunta, la difunta Eva Algarra, jefa de prensa, la que me invitó a preguntar.

Con franqueza insensata le pregunté al entonces presidente, que se había declarado explícitamente sionista en aquella cena:

-Presidente, si el pueblo judío fue tratado con métodos ignominiosos por el nacionalsocialismo alemán, ¿por qué en ocasiones paga con la misma moneda a los refugiados palestinos?

Se hizo un silencio tenso e incómodo. Cesó el ruido de cubiertos. Lluís Prenafeta miró al techo. El presidente me lanzó una mirada vitriólica y acto seguido propinó una respuesta larga, evasiva, poco sólida, en que divagaba sobre la complejidad de la política internacional y las circunstancias de la historia.

En posteriores encuentros (uno de ellos en los lavabos del Parlamento de Cataluña), Pujol me espetó a bocajarro a título de identificación: “¿Usted es el que me acompañó a Israel?”.

Me imagino que aquella mi primera pregunta ya me posicionó de por vida ante los ojos del Molt Honorable como sospechoso de antisionismo. Nada más lejos de la realidad: siento un gran respeto por Israel y por el pueblo judío. Por los supervivientes en general. Es algo que me viene de pequeño: en el recreo, cuando creábamos los dos equipos de rigor para el partidillo de fútbol, siempre escogía ir con los a priori más débiles.

Durante mis años de redactor-jefe de información política en el diario AVUI (1987-1991) aprendí mucho viajando con Jordi Pujol, escuchando sus discursos y leyendo sus textos, especialmente sobre geoestrategia y prospectiva mundial. Le profeso todavía hoy una gran admiración y leo regularmente los textos de la Fundación que lleva su nombre.

Pero es una admiración distanciada. Siempre le he tenido por un hombre absoluto. Como un fuego que atrae e ilumina pero que demasiado cerca, quema. Y nunca he comulgado con la tendencia a rodearse de personas mediocres que profesó durante sus muchos años de presidente. Especialmente en materia de medios de comunicación.

Muchas son las anécdotas vividas con el ex presidente en sus horas de mando en plaza, una buena parte de ellas ya narradas en artículos periodísticos míos. Recopilar ese material es un objetivo que me he marcado a dos años vista. Quiero dejar registro del presidente que yo conocí.

Junto a Adolfo Suárez y Manuel Fraga Iribarne, es Jordi Pujol para mí el animal político de más peso de la transición española. Y una persona de una gran capacidad intelectual.

Fue emocionante volverle a ver ayer, una soleada mañana de radio, sin protocolos, escoltas, ni parafernalia, en el estudio central de Catalunya Ràdio, donde ejerzo como tertuliano los domingos a partir de las 12 del mediodía.

Captar su respiración entrecortada, su espalda encorvada, su atuendo campechano, sus ojos que se clavan como dagas y luego descienden en falsa retirada mientras su mente procesa los datos a gran velocidad…

Su voz ronca de animal perpetuamente herido pero que deja bien a las claras que venderá cara su piel.

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Miguel Ángel Violán

Miguel Ángel Violán, Barcelonés. Periodista y escritor. Formador de comunicadores con millares de ex alumnos repartidos por toda España y Latinoamérica. Es doctorando en oratoria y conferenciante.

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