Las noches del Caribe saben a carne de tiburón, calor que sofoca y palmeras que te ventean.
Todo es posible en la noche caribeña. Lo escribí hace unos días pero mi inserción voló, posiblemente secuestrada por un espectro caribeño.
Las aguas de la isla de Aruba tienen el azul voluptuoso que engancha la mirada, anonada y esclaviza por momentos.
La brisa nocturna nos redime de una muerte súbita por sofocamiento. La puesta de sol es un guiño a la vida, al ciclo del eterno retorno: me oscurezco para resplandecer mañana como nunca.
En las noches del Caribe los espectros se pasean por las playas. llevan garfio, apestan a ron y recuerdan con orgullo a sus ancestros: los sanguinarios piratas.
Como colofón: descubro los efectos psicodélicos de la crema de banana con piña colada.
Si el Caribe no existiera, habría que inventarlo. Incluidas sus noches, auténticos precipios para los sentidos.