Gracias a una televisión con sede en el norte de Europa y el trabajo de la agencia Reuters, nos llegan las imágenes de la represión en las calles de Birmania, monjes budistas apaleados y un fotógrafo japonés acribillado.
La tecnología sortea así la vieja maldición: si no apareces en los medios, no existes.
La dictadura militar en Birmania dura ya 45 años, con sucesivos capítulos de apertura y repliegue.
En este contexto, cobra de nuevo fuerza la figura de la líder del movimiento democrático birmano y Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi,una mujer de temple ejemplar que postula la plena democratización de su país y el abandono del poder por parte de los militares.
Imágenes de túnicas de azafrán han invadido nuestros hogares. Es la indumentaria de los monjes budistas, que abandonan su confinamiento espiritual para erigirse en portavoces de la protesta terrenal.
Es todo un llamativo fenómeno ver a los monjes tomar la calle. Es al mismo tiempo una atroz noticia saber de la represión que se cierne contra los monasterios.
Sólo manteniendo en la agenda de la actualidad de los medios la represión en Birmania queda la esperanza de una actuación contundente de la diplomacia internacional, activada ya la más fuerte de las palancas: la opinión pública internacional.
Es en la divulgación de la justicia oprobiosa y la desarticulación de los que sojuzgan a sus congéneres cuando el periodismo adquiere carta de naturaleza y una poderosísima razón para existir y extender su influencia transformadora como una mancha de aceite.
Y todo gracias a que el objetivo está en Birmania.