Observo este mediodía como inopinadamente despegan dos cazas de combate del aeropuerto de Palma y remontan ultraverticalment el cielo de la bahía direccción sur con el debido estruendo que –como las motos- molesta a la vez que excita.
Hace algo más de 20 años vi una luz dorada parecida que bañaba las murallas de Jerusalén, la ciudad tres veces santa. En ese momento vislumbré un moderno caza Lavis orgullo de la aviación militar israelí, del cual había leído referencias admirativas en la revista británica “Jane’s”.
Los conflictos árabo-israelíes (espercialmente la tercera guerra, la del Yom Kippur, en 1973, la del petróleo) así como las apariciones de un didáctico militar español en los telediarios de los años sesenta despertaron en mí de manera precoz el interés por la política internacional y la geoestrategia. Saber qué pasa en el mundo devino en mí una obsesión.
Recuerdo mis pláticas sobre geoestrategia con el profesor uruguayo Héctor Borrat en los trayectos en tren a la Universidad Autónoma de Bellaterra. O mi pasión compartida por el futuro del mundo con uno de mis mentores, el periodista y profesor Santiago Ramentol Massana.
He escrito centenares de artículos de política internacional con una preocupación única: entender el mundo que me ha tocado vivir.
A fuer de ser sinceros, muchas de mis previsiones se han cumplido: me fascina la visión prospectiva de las cosas. Y, por encima de todo, me gusta entender el factor humano que gravita sobre las grandes decisiones.
Si el común de los mortales supiera el intríngulis y las circunstancias en que se toman grandes decisiones, media humanidad se pondría a reir ( y la otra media a llorar).
Entender el mundo, con todo su complejidad y diversidad. Por eso –ya desde temprana edad- quise ser periodista. Para viajar por el mundo y entenderlo. Y, desde luego, explicarlo. Vivirlo para revivirlo, esto es, contarlo.