El presidente Rodríguez Zapatero y su séquito han experimentado 12 minutos de interminable soledad en un ascensor. Encerrados con un solo juguete: la ansiedad compartida.
Tal percance tuvo lugar en la reciente inauguración de las nuevas instalaciones del rotativo La Vanguardia.
Incidencias de este tipo pasan en las mejores familias. Pero ciertamente el embarazo es descomunal, a lo que contribuye lo noticioso del percance y el efecto multiplicador de los medios.
Es regla de oro de las relaciones públicas la archicomprobación de los actos previstos hasta la saciedad. Pero bien es cierto que el riesgo cero no existe. Y que nadie es infalible.
Como botón de muestra lo que le pasó a Jordi Pujol visitando la sede central de la Mitsubishi en Tokio. La comitiva quedó un par de minutos bloqueada en el ascensor, verosímilmente por exceso de peso (físico, no político).
Imaginen el embarazo de los anfitriones, una empresa punta prodigio de la tecnología nipona.
Tuve conocimiento del percance como enviado especial del diario AVUI al viaje oficial al Japón (1988) del entonces presidente de la Generalitat. Lo oí comentar divertido (y aliviado: a él no le tocó, a su jefe sí) a un miembro del séquito. Lo verifiqué y lo publiqué como complemento de mi crónica.
Emulando la canción de Juan Luis Guerra, el tono de mi texto era algo así como «¡Mira la Mitsubishi!». Vamos, que todos cometemos errores.
Al día siguiente los miembros de la comitiva oficial leían estupefactos vía fax mi reseña del percance. Muchos ni se habían enterado. Empezaron a mirarme de reojo…
No descarto que desde entonces mi nombre (espero que mal transcrito al japonés) figure en alguna obsoleta «black list» del departamento de relaciones externas de la Mitsubishi.
En cuanto a los enviados especiales de los otros medios, cambiaron la manera de mirarme. Incluso noté que empezaban a someterme a un sutil pero implacable marcaje.
Fue una pequeña exclusiva. Pero en periodismo las pequeñeces acostumbran a ser lo que le hacen a uno grande. Por unas horas.