Esto es lo que hay

Miguel Ángel Violán

Turbulencias

Cojo 200 aviones al año desde hace 11. Hagan el cálculo: mis cervicales arrastran 2.200 vuelos a un promedio de 90 minutos igual a 3.300 horas de navegación.

Tanto es así que en ocasiones puedo hablar de estos aparatos y de sus vicisitudes con la ampulosidad de un ingeniero aeronáutico.

Pero les confesaré un secreto: las turbulencias todavía me ponen de vez en cuando la piel de gallina.

Las turbulencias son un fenómeno bien natural: aire frío y caliente se entrecruzan y crean un efecto parecido a los socavones en las carreteras.

No hay riesgo para el aparato (excepto en casos muy contados). Sin embargo, las turbulencias es lo que tienen: nos recuerdan que el riesgo cero no existe, que el suelo está muy abajo y, sobre todo, que encomendamos nuestra seguridad a terceras personas.

Las turbulencias más graves que recuerdo las pasé en vuelos Barcelona-Palma del otoño de 1997 y 1998.

A la sazón coincidía con el vuelo de Iberia de las 6:50 de la mañana con mi amigo Antonio Vidal, actual director de Radio Nacional España en Catalunya y por entonces delegado de RTVE en Baleares.

Recuerdo un descenso al aeropuerto de Palma con tales trompicones que Antonio y yo nos cruzamos miradas encomendándonos a todos los Santos (nuestro posterior desayuno en tierra con ensaimada incluida diluyó rápidamente las fúnebres sensaciones).

Son en esos momentos de turbulencias cuando uno se da cuenta de que lo más importante es el pellejo, que los retrasos son pura anécdota y que la vida es esencialmente bella.

Son también momentos en que agradeces tener azafatas de rostro sereno y comandantes de voz cordial. Gente en quien confiar.

Debo decir que anoche –por primera vez en mi vida de pasajero- el avión no pudo aterrizar cuando ya estaba a pocos kilómetros del aeropuerto de El Prat. Una descomunal tormenta obligó al comandante, tras unos minutos de espera, a regresar a Palma, esperar una hora y luego finalmente poder volar hasta Barcelona en condiciones adecuadas.

Las azafatas de Iberia del vuelo de las 20:50 Palma-Barcelona estuvieron sensacionales. Repartieron agua, sonrisas y compasión para con aquellos que perdían las conexiones.

Ni el Dalai Lama lo hubiera hecho mejor.

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Miguel Ángel Violán

Miguel Ángel Violán, Barcelonés. Periodista y escritor. Formador de comunicadores con millares de ex alumnos repartidos por toda España y Latinoamérica. Es doctorando en oratoria y conferenciante.

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