El aeropuerto de Amsterdam ejerce en mí una poderosa fascinación: es grande, funcional, bien señalizado y opulentamente bien surtido.
Además, brillan por su fácil detección estaciones de trabajo y comunicación con Internet de gran velocidad y pantallas último grito.
Pulcritud y diversidad desparramados por una vasta área dominada por paneles donde brillan como destinos los nombres de las más importantes y lejanas capitales del mundo: Teherán, Bangkok, Tokio, Toronto…
La nueva sociedad mundial se pasea por estos aeropuertos de nuevo cuño, alto standing y plena movilidad. El tráfico aéreo despega y aterriza las 24 horas. Es el estilo de vida non-stop. Siempre hay alguien que llega y alguien que marcha.
Holanda es un pequeño gran país. Mucha y febril actividad debe de haber detrás de esta ciudadanía para permitirse un aeropuerto tan internacional, tan transoceánico, tan puesto al día.
Cuando era niño y me tragaba todos los festivales de Eurovisión, soñaba con ir a estos países nórdicos de modernidad indiscutible y lenguas germánicas.
Mi sueño se cumplió con creces y ahora estos países son para mí un patio nórdico y sugestivo, donde mis paseos se cuentan por regocijos.