He aquí una de las más sugestivas palabras que aprendí del inglés y cuya traducción es ciertamente costosa.
Resulta algo así como “postergador enfermizo”, es decir, aquel que es incapaz de ponerse a trabajar sin la presión del reloj, sin el apremio del tiempo escaso.
La palabra de marras proviene del latín (pro= adelante; cras = mañana), según leo en el diccionario Webster’s.
Pero más allá de rutilante etimología lo fascinante del vocablo es que designa un fenómeno muy extendido entre los estudiantes (la maquinaria mental tan sólo se activa cuando el examen muestra su amenazadora proximidad) o en gremios profesionales como el del periodismo.
Es frecuente en medios de comunicación el perfil del profesional que necesita saberse manifiestamente contra reloj para –dicho coloquialmente- “ponerse las pilas” y dar el do de pecho.
La presión del reloj crea una indecible excitación, un estremecimiento fértil, un despertar de las neuronas, la ilusión quizá de una proeza inminente. Algo en resumen que nos quita del marasmo, del gris de las tardes sin sentido, de mil y una horas desnortadas, del influjo de almas con lluvia y bruma crónicas.
Aprendí el concepto de “procrastinator” en un curso de “Effective Reading” en el Instituto de Estudios Norteamericanos de la Vía Augusta de Barcelona.
Pocas palabras me han dado tanto jugo, me han estimulado la observación de esta desviación tan frecuente, que yo mismo he arrastrado en tantas situaciones como periodista.
No en balde los anglosajones llaman “deadline” (la línea de la muerte) al tiempo máximo para el cierre de un edición o de un informativo.
Qué más excitante, pues, que jugar con la propia “muerte” y entregarnos a la lucha contra el reloj en ese oficio tan inútil como divertido llamado periodismo.
¿Dije periodismo?
Gran oficio si lo dejas a tiempo.