Me hablan de una película sobre un camello, hembra, que no podía llorar. Mostraba total desapego hacia su cría, recién nacida, un camello blanco, tras múltiples dolores de parto.
En «La historia del camello que llora» un músico montaraz venido del Asia profunda se acerca al animal y le toca una música con un violín El camello, en Mongolia, reacciona ante las vibraciones y vuelve a desplegar sus afectos. Reaprende a llorar.
En una clase reciente de yoga doce participantes entonan durante cinco minutos el om, la palabra sagrada que resuena, cura y aporta dicha.
Tras la práctica, una participante, en avanzado estado de gestación, confiesa al grupo:
-¡Mi bebé parecía querer bailar!
En el núcleo de todas las cosas está eso: la vibración. Algo minúsculo que vibra. Eventualmente una microcuerda. Algo.
Por eso la música puede ser tan terapéutica. Tan esencial. Tan sagrada.