No hay demostración empírica de la existencia de una instancia superior. Pero la música de Mozart lo hace verosímil. Hay un toque de divinidad, de más allá en muchas de sus partituras.
Asistí anoche al «Réquiem» del celebrado compositor en el-incomparable-marco-de (aquí el cliché está más que justificado) la basílica de Santa María del Mar en Barcelona, catapultada a la fama por el libro «La catedral del mar», singular superventas.
La Orquesta Filarmónica de Cámara de Ceske Budejovice (Bohemia) y su Coro de Cámara estuvieron memorables. Es difícil expresar las emociones que flotaban en el aire ante una manera tan depurada de cantar y tocar en un lugar tan mágico, tan bien iluminado…y tan lleno de público.
Tuve el privilegio de estar -con mi hija Ariadna- a tres metros de los músicos. Tanto es así que en más de un momento yo me sentía mudo miembro de la orquesta, recibiendo las enérgicas consignas del maestro Jaroslav Krcek, de cabello gris y porte bondadoso.
Aparte de gozar de la música, pude ser testigo de los entresijos de este tipo de actos: el botellín de agua de la corista, los comentarios cómplices entre músicos, el lenguaje gestual de felicitación del director a su gente…
Las orquestas son un microcosmos y anoche tuve el privilegio de introducirme en él siguiendo tan sólo la batuta de mi curiosidad. Hasta cuando aplaudían yo me sentía aplaudido.