Permítaseme el frívolo parafraseo: sin metas no hay paraíso.
Es decir, sin objetivos. Sin propósito. Sin algo por lo que luchar.
Y encontrar esas metas es lo que da sentido a una vida.
De lo contrario, todo se reduce a un tránsito más o menos venturoso, más o menos incordiante. Un vagabundeo preñado de incertidumbre. Sin ton ni son. A la chita callando. Ni fu ni fa. Ni chicha, ni limoná.
Es una manera un tanto vulgar pero colorista de explicar a qué se reducen las dudas existenciales. El sentido del camino. El porqué de todo.
Ahí queda.