El avión desciende sobre Palma y es fagocitado lentamente por la nube blanca.
Y entonces uno se siente devorado como el malo por el glóbulo blanco en la película “Viaje alucinante” o impelido al más allá en el tramo final de “2001: una odisea del espacio”.
Debo confesarlo: he cogido miedo a volar.
Tal circunstancia no sería fuera de lo común en la mayoría de las personas. Lo es en mi caso porque soy un curtido viajero que ha cogido 3.000 aviones en los últimos 12 años…
Pronto a cumplir los 50, ahora turbulencias mínimas me suscitan una ansiedad desmesurada.
Pregunté al respecto a una azafata de Spanair en mi penúltimo vuelo a Palma.
Me contestó, sonriente y convencida:
-Eso, señor, es porque usted se está haciendo mayor.
Respuesta directa aunque no del todo tranquilizadora: hacerse mayor. Como si en materia aeroportuaria asistiéramos a un decrecimiento personal con el paso de los años.
¿Qué ha sido de mí, el amable pasajero que consolaba a terceros en los vuelos henchidos de turbulencias y que adornaba sus explicaciones con sabios detalles extraídos de sesudas publicaciones técnicas?
Miedo a volar. Es tan irritante como volverse a hacer pipí en la cama.
-No se preocupe. Le pasa a mucha gente-concluyó la azafata ante mi azoramiento.
¿Mayor percepción del peligro? ¿Alteración del sistema nervioso? ¿Alguna secuela recóndita de una especie de stress aéreo?
No lo sé.
Pero confieso públicamente mi miedo con el fin de exorcizarlo y eventualmente propiciar comentarios de otros seres abducidos por la nube blanca y que –como yo- han sobrevivido para contarlo.