Estos días de segunda quincena de julio las calles de Barcelona adquieren una belleza sublime. Privadas del bullicio excesivo del resto del año e iluminadas por una luz embellecedora, las calles muestran una magia especial, un atractivo desgarrador.
Con razón el escritor Eduardo Mendoza bautizó a Barcelona como «la ciudad de los prodigios».
Ambos lados del Ensanche barcelonés ofrecen calles majestuosas, a la medida del ciudadano, que hacen las delicias del turismo estival.Un turismo que en algunos sectores ciudadanos ya se juzga excesivo por lo que tiene de desnaturalizador…e incrementador de precios.
Que la Rambla actual ya es otra, no me cabe duda. Pero debo confesar que yo disfruto con este torrente de «guiris» que desembarcan en mi ciudad, la admiran y propagan su encanto.
Nunca llueve a gusto de todos.