Cuán importante es el juicio ajeno. Muchas veces ni nos damos cuenta de que en realidad las cosas las hacemos para agradar a alguien, no molestarle o todo lo contrario.
Pero al mismo tiempo, qué difícil es seguir un rumbo propio.
Símil sencillito: si tú diriges la nave, ésta te responde y el mar siempre está calmo, nada más sencillo que ejercer de patrón.
Pero no nos engañemos: siempre hay alguna avería en la sala de máquinas y el mar -aunque sea de higos a brevas- se encrespa.
Con todo, paladeo y encuentro significado profundo a las briosas declaraciones de Pannikar recientemente reseñadas en mi blog:
-No estamos obligados a gustar a todos.