Vuelven. Vuelven a las ciudades los afiladores. He visto ya tres o cuatro en los últimos meses.
Es una gran noticia. Mi niñez está asociada al silbato de los afiladores haciendo notar su presencia por las calles de San Gervasio y Gracia, en la Barcelona matinal. Con su grito característico reverberando: «El afiladoooooor»…
Los talleres-ambulantes de los afiladores -comprimidos al dorso de sus bicicletas- son un prodigio de gestión del espacio.
Es un oficio que no debiera morir. Al igual que los serenos, aquellos hombres embutidos en abrigo y con llaves a mansalva que patrullaban de madrugada por los barrios para abrir verjas y puertas a los noctámbulos despistados. Oficios remotos de una Barcelona más humana.
Los afiladores tienen sabor a mercado, a oficios menestrales de toda la vida. A ritual. Suenan a primavera.