Nunca había estado en Asturias…y acabo de hacerlo en Oviedo. Acostumbrado a los elevados estándares gastronómicos de Galicia, me percato de que la cocina asturiana no le anda a la zaga: la fabada con almejas, la onírica sidra y, sobre todo, el descomunal queso de Cabrales, son para quitarse el sombrero.
He impartido dos días en la Universidad de Oviedo. Agradable recinto en un promotorio aledaño al centro de la ciudad.
La ciudad es preciosa. La limpieza y pulcritud que exhibe son ejemplares. La catedral y casco antiguo pueden competir con la más acicalada de las pequeñas ciudades del centro de Europa.
Y un admirativo comentario para la acogedora cocina del 3 estrellas hotel NH Principado. Sus desayunos y menú son de gran categoría.
Y si Oviedo es la capital del paraíso, según la propaganda turística local, el queso de Cabrales (producido en la zona oriental del principado) es el condumio de los dioses.
Nunca he ocultado mi querencia por los quesos azules pero es que el Cabrales es quintaesencia gustativa (quizá no olfativa…) del más acendrado de los placeres culinarios. Tal queso hace bueno cuanto toca, unta o impregna. Bendigo el día en que Dios creó el Cabrales.
Me llevo una gratísima impresión de Oviedo. Con razón Woody Allen quedó prendado de esta recoleta villa.
Por cierto, adquirí bombones de sidra en la pastelería de más solera de Oviedo, Camilo de don Blas. Me explica la asturianísima dependienta que efectivamente el vistoso establecimiento sale unos segundos en el último film de Woody Allena «Vicky, Cristina, Barcelona».
Me explica la locuaz dependienta:
«La hermana de Woody Allen vino a comprar a la tienda. Se quedó enamorada y convenció a su hermano de incluir unos planos en la película».
Cosas veredes…
Por cierto, un pequeño establecimiento de Oviedo lucía un sarcástico rótulo, con la más gallega de las retrancas:
«Aquí nunca estuvo Woody Allen».