He conseguido llevar a mi madre a la peluquería, dejarse lavar, cortar y secar el cabello, tiznar de negro las canas amarillentas que la angustian, soportar el ruido de los secadores, las esperas, el olor de los tiznes y el trasiego de clientas.
Ha quedado francamente guapa -aunque ella no se lo crea- con un peinado moderno que corona un cráneo septuagenario con arrugas que reflejan el mucho dolor acumulado, las tensiones milenarias y un sempiterno empacho de emociones.
Pero a pesar de tantas heridas, he visto en su cráneo la belleza del legado: del cráneo de mi abuelo, del de mis bisabuelos, de los tatarabuelos, de los ancestros de éstos y de la familia Galán del siglo XVII y aún antes, de la Edad Media, la Antigua y aún más lejos.
Adán y Eva estaban tras ese cráneo milagrosamente vivo, empapado de agua caliente y de tinte negro en una peluquería de la calle Antonio María Claret. Llovía fuera a raudales mientras le secaban el cabello, negro y luctuoso, pero sobre un cráneo felizmente vivo.