El nivel de pasión en las gradas va inexorablemente en aumento. Arbitrar partidos de fútbol se va a convertir pronto en auténticos infiernos emocionales…
Los árbitros se equivocan y se equivocan mucho. Pero es lamentable el papel mendaz que juegan muchos jugadores: fingiendo, exagerando, ocultando.
Y como complemento, los banquillos de los entrenadores. Por mor de influir en las decisiones de los colegiados, el entrenador de turno debe dar un auténtico recital de aspavientos, lo que contagia al banquillo rival y produce un efecto dominó. Y ya no digamos entre el público.
Vi anoche el Atlético de Bilbao 2-Real Madrid 5 y caigo en la cuenta de que el fútbol de alta competición cada vez es un deporte más insano.
Como me dijo mi amigo Antoni Bolinches, el humanismo reinará en el planeta cuando los partidos de fútbol se jueguen sin árbitro.
¡Qué deliciosa utopía!