Entre mis mejores recuerdos infantiles están los partidillos de fútbol en el patio de la escuela Molina de Barcelona…
Confeccionábamos la pelota con bolsas de plástico sobrantes del desayuno que rellenábamos de papeles de envolver el bocadillo hasta darle suficiente solidez a la bola.
Eran partidos apasionados, de una media hora, y en que indefectiblemente -a la hora de crear los bandos- yo me apuntaba con aquel llamado a perder. Sentía orientación al reto, a la gesta. Despreciaba las cosas fáciles. Aspiraba a la gloria aún a costa del riesgo de no ganar el partido.
Siempre con el equipo más débil.
En años posteriores desarrollé un instinto de acritud hacia cualquier persona u organización simplemente por el hecho de ser poderosos. Una desconfianza natural e incluso una cierta voluntad si no destructiva cuanto menos desafiante. Siempre veía tiranía allá donde había poder.
Fue ese instinto -endiabladamente idealista- el que me impulsó a estudiar Periodismo. Un instinto forjado en aquellos míticos partidos de fúbol de patio de escuela.