Soy devoto de las naranjas. Pero lo mío de las últimas semanas ya es puro éxtasis cítrico: entre desayuno y almuerzo, ingiero a diario cuatro naranjas y una mandarina…
Estoy tentado de rematar la jornada con alguna naranja más en la cena…pero eso me perturba indefectiblemente el buen dormir: soñaría entonces por los descosidos.
Debo manifestar que últimamente no me resfrío, huyen de mí los virus de la gripe y apenas emanan mocos mis fosas nasales. Por ahora es así.
Pero mi fiebre naranjil es por encima de todo una pulsión gastronómica. Noto que el bello zumo me revitaliza el cuerpo. Me da vida, energía y confort. Es, por tanto, una fruta a la que le debo mucho.
Tengo entendido, por cierto, que en un pueblo de Castellón de la Plana hay un museo dedicado a la naranja. Me encantaría visitarlo.
Por supuesto me encantan los zumos de naranja. Pero es difícil ingerirlos de buena calidad y a buen precio. Con lo que me los reservo para las grandes ocasiones.
Me gusta particularmente la naranja mallorquina, de pexquisita buena crianza en la Serra de Tramuntana. A menudo la naranja mallorquina es insolentemente sucia, dejada (es un rasgo antropológicamente mallorquín, no nos engañemos). Pues pongan atención: son las de mejor sabor.
Ese tipo de naranjas compite con la mejor naranja valenciana. Eso lo sabe cualquier buen catador de cítricos.
Todo esto me recuerda el truco neoyorquino de las manzanas. Cuando tenía 17 años me quedé obnubilado por el buen aspecto de las manzanas en los tenderetes calljeros de Manhattan: parecían la manzana de Blancanieves o la mismísima fruta que compartieron Adán y Eva.
En realidad eran manzanas normalitas, eso sí, de buen tamaño…pero revestidas de una capa de cera para conquistar al cliente por la vista.
Yo apuesto decididamente por la fruta ruda y natural, picoteada por las aves, confinada en los espacios verdes, embellecida como la mujer de aquella canción de Emilio José. Preguntaba el cantante:
-¿Con qué te lavas la cara, que siempre radiante está?
Y contestaba ella:
-Me lavo con agua clara y el sol pone lo demás.