Concluí recientemente mis sesiones en el programa de Comunicación de Instituto de Empresa en Madrid (ya llevo cuatro años en la casa) con un compendio de aforismos aleccionadores. Y creo que fue el siguiente el que más anuencia despertó:
«Quien tiene un buen jefe, tiene un tesoro».
Noté especiales exhalaciones de aprobación por parte del sector femenino del aula, mayoritario por otro lado en todos mis cursos desde hace mucho tiempo.
Lo creo firmemente. Lo he experimentado en mi propia carne. No le deseo a nadie un mal jefe. Y para mis seres más queridos deseo el mejor de los jefes.
Pero, ¿qué es un buen jefe?
No es fácil contestar a esta pregunta. Ni pretendo hacerlo con esta inserción. Pero si se me permite un atisbo de respuesta, algo apuntaré: alguien que sepa escuchar.
Lo que antecede no es una trivialidad. Ni una verdad prosaica. Es un principio fundamentalísimo y -por lo escaso- supervalioso: saber escuchar.