Duros y circunspectos.
Así veo a los estadounidense en este último viaje mío.
Falta alegría en las caras. Y veo las calles especialmente desaliñadas.
La simpatía la pone alguno de los muchos sudamericanos con que me cruzo. Hoy mismo, con la colombiana que regenta la lavandería de mi barrio.
Fuera de la zona de Boston College, donde estuve anteayer, encuentro la ciudad dejada. Las infraestructuras, atrotinadas. El transporte público, sucio y raído. La gente, cansada.
El mundo académico es otro. Allí la nota la ponen los orientales: cuántos y cuantos chinos y japoneses. Ellas son mayoría. Una auténtica invasión oriental a la búsqueda de conocimiento refinado y una exitosa trayectoria profesional.
En la cafetería de la cooperativa de libros de Harvard hay una mezcolanza de personajes. Desde profesores atrabiliarios a estudiantes menesterosos, que apuran el batido de chocolate y leen gratis el amplio espectro de revistas que se ofrece.
El mal vestir, mal conjuntado, está a la orden del día. Hay una cierta falta de buen gusto que en otras partes del país llega al paroxismo.
Ciertamente Boston es una isla en Estados Unidos, de igual manera que Harvard es una isla dentro de Boston.
Se percibe la grandeza del conocimiento pero también la mediocridad de la vida cotidiana. Como una trama gris que lo atravesase todo. Aunque el sol luzca, la hierba perfuma el aire y yo me encuentro francamente bien.