Pues sí: yo, de natural, algo caprichosillo soy. Y me venía de gusto algo dulce antes de ir a dormir. Y para acabarlo de arreglar, tengo una tienda de Donuts a cuatro manzanas de mi casa. Acudo presto y compruebo que el azúcar mata. O casi. Lean.
Por una vez la tienda de los Donuts tenía (para mi desgracia) los cristales limpios. Tanto es así que no los he visto y me he pegado un monumental porrazo. Conmoción y sangre a borbotones.
En dos minutos tenía delante mío un coche patrulla como los de aquella serie de los años sesenta «Patrulla 54», un vehículo auxiliar, toda una ambulancia y un vehículo de atestados. Todo por un donut.
Les he convencido de que no necesitaba hospitalización. De que mi tabique nasal desviado era de nacimiento. Y de que la sangre, ya se sabe: lo propio de una hemorragia aparatosa.
Bravo por la movilización. Me ha sabido mal decepcionarles y no autorizar mi hospitalización. Pero para que se sintieran útiles (y yo importante) he pedido ser trasladado por el coche patrulla al 53 de la calle Berkeley, donde en estos momentos debo ser la comidilla del barrio de Somerville.
No me hubiera importado ser hospitalizado si fuera al hospital Saint Eligius, de la famosa serie televisiva. O si me atendiera Markus Welby, también televisivo doctor en medicina.
Pero en puridad no lo necesitaba.
Y ahora mi nariz reposa relativamente indemne, con dos cortes como medallas de guerra, y brindándome material para el blog.
Todo por un puñetero Donut. Un Donut sangriento.