En las próximas horas vamos a asistir a una eclosión de Cristianomanía. Millares y millares de madridistas darán la bienvenida a su nuevo ídolo, el fichaje más caro en la historia del fútbol (96 millones de euros).
Cristiano Ronaldo proviene de una isla bonita, Madeira, donde muchos portugueses hacen vacaciones. Por su vegetación la llaman «la isla de las flores». Es ciertamente una isla agradable, repleta de fuentes de agua y destino muy querido de los practicantes del senderismo.
La vida de Cristiano Ronaldo no ha sido fácil, según enfatizan los medios de comunicación en estas últimas horas. Hablan de un trabajador incansable. De los que son los primeros en llegar y últimos en marchar. De los que se entrenan hasta la última gota de sudor.
Si son ciertas, son buenas credenciales. Pero no casan con la imagen que tengo del jugador. Con su agresividad desmedida. Con su frivolidad escénica. Con su manera de mirar. Sus declaraciones disparatadas. Sus gustos por los coches deportivos y la compañía femenina exultante.
He oído que un hermano del futbolista cayó en la drogadicción. Y Cristiano acudió en su ayuda.
Buen detalle éste. Pero me parece sospechoso este aluvión de datos tan tiernos, tan conmovedores. Si realmente son así, no tengo nada que decir. Pero me temo que información y relaciones públicas se mezclan con motivo del desembarco del crack portugués.
En cualquier caso, el verdadero talante del jugador lo podremos descubrir muy pronto y desde muy cerca.