Mallorquinitis: dícese del sentimiento recurrente y exacerbado de querer volver a vivir en Mallorca. Ante la imposibilidad de ello, el sentido común prescribe visitas relámpago, revisitación de los lugares más queridos y reencuentro con las personas más apreciadas.
Es lo que he hecho un par de días de esta semana.
La isla aparecía espléndida, si bien con alto bochorno: ese calor húmedo que te convierte en una sauna ambulante.
La prensa local remarca el elevado índice de paro en la isla y la tendencia inexorable al alza.
El DIARIO DE MALLORCA de hoy (5.9.09) resalta que hoteles que debían cerrar dentro de una quincena anticipan ya su decisión ante la falta de reservas y las bajas tarifas.
(Yo me he alojado por 35 euros vía Internet en el hotel Balear de Ca’n Pastilla, pequeño stablecimiento de la familia Mayol frente a la Iglesia, en la calle Bartolomé Riutort, en la parte trasera de Cala Estància; cuántas veces habia yo pasado por delante con el autobús 15 y me había sentido intrigado por este hotelito de 3 estrellas…)
Me acerco a la calle del Jamón de Playa de Palma y la encuentro sitiada por la policía a media tarde. Vuelven a proliferar las redadas en una zona que agoniza tras muchos años de permisividad de las autoridades.
Un nuevo autobús, el 21, conecta ya Playa de Palma con el aeropuerto. ¡Por fin! Desde que finiquitaron el histórico 17 que había que coger en Ca’n Pastilla ya no había conexión posible Arenal-aeropuerto. ¡Qué absurdidad! (los taxistas lo deben de ver de otra manera…)
Ceno en «La Mejillonera» de Cala Estància. Los mejillones al vapor están buenos como en los viejos tiempos. Hay animación en la zona. Pero todo el mundo se queja de que la isla ha entrado en declive.
Realizo gestiones administrativas en el centro de Palma. Las dependencias municipales desprenden ese sopor de siempre que ahora ya no me irrita. Dejo que me impregne como un cloroforme dulce.
Me concedo un regalo: picotear en «El Bar del Peix», mi pequeño santuario en el Mercado del Olivar. Para mi desgracia ya no quedan calamares rebozados pero me ofrecen una sepia consistente. La clarita (en Mallorca shandy, cerveza con limonada) me dispara el ánimo. Recuerdo que hace un año tomaba allí mismo el aperitivo con mi amigo Emilio Sol, venido desde Santiago de Compostela.
Apenas se encuentran raors, (en castellano, lorito o galán) el pez autóctono cuya veda se abre en las postrimerías del verano. Pero con todo ha bajado de precio: a unos 40 euros el kilo. Y no consiguen venderlo. La crisis económica es evidente en la isla.
Palma continúa siendo una ciudad fascinante. Las obras del centro ponen a prueba los nervios de sus residentes. Yo me lo miro de otra manera. Repaso mis viejos garitos, observo el cierre de algunos locales. El sol impregna implacablemente de manchas camisas y blusas de transeúntes.
He aliviado mi mallorquinitis durante 36 horas y regreso con ClickAir a Barcelona.