Es uno de mis ritos mallorquines. Cuando regreso a Playa de Palma, indefectiblemente tomo mi cortado en la cafetería «Las Maravillas», en primera línea de mar. Bella vista al mar, a pocos metros de la plaza de Las Maravillas y la gentileza incombustible de Faustino («Me llamo Faustino, como el vino», que él dice).
Faustino es un modelo de servicialidad. Tendrá unos 60 años. De joven, trabajó en Alemania. Eso le permite servir las cervezas en la lengua de Goethe y conversar animadamente con los clientes.
Desde la cafetería «Las Maravillas» he contemplado puestas de sol portentosas, comparables a las de Jamaica. He visto la bahía de Palma las cuatro estaciones del año. He departido con alemanes, españoles y otras nacionalidades. He cuchicheado mis pequeños secretos con buenos amigos en las pausas del trabajo.
Esa cafetería es mi pequeño santuario (¡excelente su café!) y desde ella se divisa la grandeza y miseria de Mallorca: su espléndida belleza pero al unísono la dejadez demencial en su estado de conservación.
Así lo veo, así lo explico. (Faustino estaría de acuerdo).