Se disparan las cotas de irritabilidad entre la gente. Lo percibo especialmente entre conocidos. El diálogo amistoso se troca en repentinas cajas destempladas. Como el que no quiere la cosa.
El personal está inquieto. A ello no es ajeno el trasfondo de crisis, especialmente el galopante desempleo.
No me sorprende esta irritabilidad. Era previsible. Pero no deja de ser molesta. Irritante.
No puede uno ya bajar la guardia sin preguntarse qué amigo, colega o conocido te va a sorprender en breve con una reacción airada, desproporcionada, inesperada. Inimaginable en tiempos de bonanza.