Comemos en Casa Balmes, a pocos metros de la Plaça Major, tras el mercado de los sábados. Buen menú sabatino con canelones con espinacas, butifarra con judías y un convincente sorbete de limón.
Sirven un chico y una chica de origen árabe, posiblemente magrebíes. Ella habla un buen catalán, con una entonación muy convincente y alguna disfunción fonética de fondo.
¿Qué mueve a personas nacidas fuera de Cataluña a acogerse en Vic de una manera tan genuina al uso de la lengua catalana?
Sin duda, el entorno social.
Vic es una ciudad muy castiza en todo lo relativo a su catalanidad. La lengua es muy pura, muy sentida, muy auténtica. Se genera por ello un ambiente inexorablemente catalanoparlante. El catalán se habla con una naturalidad extrema, a diferencia de muchas otras poblaciones de Cataluña, donde se respira un bilingüismo mediocre.
La querencia por la lengua propia suscita periódicamente controversias. Es altamente ingrato tener que imponer nada a nadie. Pero lo que está claro es que si no defiendes la lengua, ésta recula, retrocede y el hablante se inhibe.
Cuando visito Vic me percato de que estoy en un país con cultura propia. Con una personalidad muy definida. Y con la voluntad decidida de perpetuar nobles tradiciones.
Es esa atmósfera tan decidida la que envuelve al venido de fuera y lo integra en la lengua del lugar. Porque es la lengua propia. La que define. La que identifica y da sentido.
Vienes de fuera y entras en la lengua. Pero de hecho es la lengua la que entra en ti y te hace de los suyos. Te conforma y modela.
Es ésa la fuerza sempiterna de Vic.