«Aprovechaos que hoy os abrimos las puertas. Pero ni a Pep ni a nosotros nos gustan estas cosas públicas».
De tal manera -amable pero firme- se dirigió el padre de Pep Guardiola a los informadores en la gran noche de ayer.
Y es bien cierto: la discreción -sentida, pura- es una virtud muy catalana, aunque algunas la malinterpretan y desfiguran.
Pep Guardiola se ha esforzado en no convertirse en un mito insorportable. Yo lo entiendo y respeto. Y lo admiro.
Pero por otro lado, él es lo suficientemente inteligente para entender que sus grandes éxitos le convierten en algo más que un ciudadano notorio: en el patrimonio de una sociedad. En un emblema. Un ejemplo.
Con toda la presión que eso comporta. Quieras o no.