Recibo con pesar la noticia de la defunción del pensador y teólogo Enrique Miret Magdalena.
Si la muerte es una liberación, no debiera reacionar yo con pesar. Pero no puedo olvidar aquel hombre jovial que conocí al inicio de los ochenta, buen practicante de yoga, autor de textos amenos y que fallece justo a la misma edad que mi abuelo y la que yo quisiera para mi defunción: los 95 años.
En las páginas de la revista «Triunfo» los artículos de Miret Magdalena se me hicieron familiares en los años setenta. En los ochenta le conocí en un acto en Barcelona tras su nombramiento para presidir la Protección de Menores. Creo recordar que coincidimos también en un seminario de yoga de la Asociación Sivananda en la calle Calvet de Barcelona.
Su nombramiento fue contestado pero yo le recuerdo risueño, flexible, seguro de sí mismo, dialogante.
He leído algunos de sus libros. De ellos deduzco que no se casaba con nadie. Y eso me gusta de las personas.
Sobran dogmáticos, nunca sobran librepensadores. Y de eso, del libre pensar, Enrique Miret Magdalena hizo vocación y singladura.
Por eso, a pesar de su nuevo estado, feliz y liberador, yo le recuerdo con un deje de eso: de pesar.