Me invita Cristina Salvador a un acto entre amigos con Pedro Pubill Calaf, más conocido como Peret, el cantante gitano que -septuagenario- anda metido en reivindicar la rumba catalana como género autóctono. Pide para ella apoyo y reconocimiento público.
Me planto en los locales de la agencia A PORTADA, en el mismo edificio que el local «Luz de Gas» en la calle Muntaner, frente al hotel Presidente, de racio abolengo.
Peret parece inmerso en una especie de catarsis colectiva con una treintena de personas entregadas de pies a cabeza. Es un gran comunicador. Se muestra humano aunque quizá abusa un tanto de los puntos suspensivos. Es un truco retórico que se malogra con el exceso.
Es un privilegio tenerle delante, escuchar cómo toca la guitarra, oir sus cuitas como artista, sus confesiones, su alegría de vivir, sus emociones a flor de piel.
Es Peret en estado…si no puro, semipuro, semidesnudo. Con ganas de entregarse y reivindicar la bondad humana como lo más importante. Pero también con ese punto de distancia cuando le abordas individualmente, fuera del centro de las miradas. El artista/la persona está absorta en lo suyo y sabe indicar con sus silencios si quiere estar solo.
Gracias, Peret, por esas canciones que tanto me alegraron la vida.