Cerca de una veintena de personas acudieron a mi charla sobre el Método Guardiola. No está mal, me dicen por estos lares harvardianos, donde tantos y tantos actos interesantes compiten por atraer la atención del público.
Unos cuantos barceloneses entre el público. El paisanaje tira. Y –qué caramba- la figura de Pep Guardiola resulta altamente atractiva.
En el turno de preguntas en el Real Colegio de la Complutense en Harvard no faltan varias del mismo tenor: ¿es científico hablar del Método Guardiola?
-Ciertamente no- les respondi- El Método Guardiola son sus actitudes, cimentadas en valores. Valores que le han llevado al éxito. Valores extrapolables (en inglés, transferable). Valores dignos de imitación por personas, empresas, administraciones públicas, partidos políticos… Valores que millones de personas han podido ver plasmados en partidos televisados.
Y remaché el clavo:
-El Método Guardiola no es una fórmula matemática con ingredientes cuantificables. Tiene que ver con los sentimientos y con el corazón. Con el alma incluso. Con lo intangible y lo maravilloso. Con el sentido de la belleza y del placer.
No sé si convencí a mi audiencia pero fueron harto generosos con sus aplausos y estuvieron muy concentrados durante mi intervención.
Estuve por cierto muy tentado –aunque al final no lo hice- de comenzar mi intervención hablando del famosos “síndrome FIFA”: ese efecto colateral que tienen las pausas por partidos de competiciones internacionales que rompen el ritmo de los jugadores y los abotargan con cansancio innecesario que se nota en el rendimiento que brindan en los partidos inmediatamente posteriores.
Yo mismo llegaba al RCC desde el aeropuerto bostoniano de Logan tras un vuelo transoceánico de casi ocho horas, salido con retraso, y el ajetreo del control de inmigración y el desplazamiento en taxi.
Para eludir el cansancio que experimentaba en la vista, acudí a un truquito de orador: miré al público por encima de las gafas. Como soy miope, tan sólo capto una mancha barrosa, con lo cual me ahorro fijar la mirada en puntos precisos, destreza para la que me flaqueaban las fuerzas.
Así pues, también los conferenciantes sufrimos el “síndrome FIFA” a nuestra manera. Lo que me lleva a una reflexión final: saber administrar el cansancio es crucial para poder dar el mejor rendimiento posible. Pasa en todas ls profesiones.