Lo explicaré sin rodeos: aquí en Harvard cada uno va a su bola. Vive y deja vivir sería una consigna que refleja la manera de hacer actual. Y en la medida de lo posible, complicaciones fuera.
Este mediodía de sábado he acudido a la Widener Library (la biblioteca principal) a renovar mi carnet. Al ser sábado, la oficina de acreditaciones estaba cerrada. Pero el portero –muy flamenco y servicial- me ha extendido un permiso especial de fin de semana. He notado que respetaba mi trabajo. Que sabía el sentido de mi presencia allí. Me he sentido agradecido.
Es justo lo contrario de lo que a menudo uno se encuentra en España: empleados o funcionarios que no conocen el sentido de su trabajo. O incluso que abominan de él y trasladan su malestar al público al que han de servir. Craso error.
Para estar simplemente tranquilo. Sólo para eso ya vale la pena venir a aquí. Siempre y cuando tengas un proyecto claro de lo que vas a hacer, recibirás apoyo.
El sistema aquí no bloquea; impulsa, revitaliza, abre campos, no los cierra. Es como un tobogán descendente. Metido en él, te impele la fuerza de la gravedad. Una inercia dinamizante, que te permite crecer en velocidad de progreso.
Es un sistema basado en tener las ideas claras. A partir de este cimiento, se unen capacidad organizativa y cuantiosos recursos materiales. El resultado salta a la vista: una gran catedral del conocimiento.