Gran noche la de ayer. Acudo con Carlos Blanco al bello Sanders Theater, contiguo al Memorial Hall, para presenciar (entradas a 20 dólares) el concierto de las corales de las Universidades de Princeton y Harvard previa a su partido de rugby anual, hermanadas en el acto. Un hermanamiento con retranca, como luego se verá.
El acto comienza a las 20.15 h. (se admite un retraso de 15 minutos) con un teatro con tres cuartos de entrada y la presencia visilbe de seguidores de ambas Universidades.
La coral de Princeton Glee Club (lema de la institución: “Dei sub numine viget”) comienza cantando (chicos y chicas) y luego la de Harvard Glee Club (lema “Veritas”) toma el relevo (sólo chicos). El de Harvard es el coro universario más antiguo de Estados Unidos.
Pero lo mejor está por llegar: en su repertorio de salida, los alegres chicos y chicas de Princeton muestran en el escenario su mascota, un enorme muñeco con figura de tigre. Comienza el cachondeo. Los himnos universitarios de los de Princeton son constantemente acompañados de maullidos de gatos provinentes del palco superior, donde tienen su localidad los miembros de la coral de Harvard. Toda una indirecta a la mansedumbre de la mascota, que no inmuta a la coral princentoniana, cuya voz solista femenina es una diminuta chica de facciones hindúes de voz portentosa.
Para su canción final, los alegres chicos y chicas de Princeton, dejan caer sonoramente sus cartapacios al suelo y se enfundan en vistosas camisetas naranja, color de su Universidad. Los maullidos y risitas desde el palco harvardiano llegan al paroxismo.
Tras el relevo, la coral harvardiana interpreta sus himnos de despedida. Es la ocasión del coro de Princeton, que ha ocupado posiciones en el palco abandonado por los cantores harvardianos. Rápidamente despliegan sus pancartas: son dibujos de significado incierto…hasta que todo queda claro: describen un American breakfast con sus imprescindibles huevos fritos al bacon…Una alusión a la reciente medida de la Unversidad de Harvard de quitar los huevos de los desayunos de los estudiantes para reducir costes.
Cuestión de huevos a la que se añaden alusiones subidas de tono a la falta de presencia de mujeres en el coro de Harvard.
Como final de acto, Princeton sube civilizadamente a la tarisma y todos juntos cantan un himno universitario con el público puesto en pie.
La sangre no llega al río, la trradición se ha repetido un año más y yo, impresionado por las carencias dietéticas harvardianas, me tomo una discreta tortilla de patatas en la vecina cafetería “Pamplona”, regentada ahora por un armenio tras treinta años de conducción a cargo de la navarra señora Josefina, ya difunta.
Que no falten nunca los huevos.