De niño me fascinaba aquel libro titulado «La tía Tula», de Miguel de Unamuno, que encabezaba aquella colección blanca pajiza y naranja de cien títulos de RTVE, a 25 pesetas el ejemplar. Gran iniciativa editorial aquella.
Leí el libro a los 12 años. O quizá fue a los 13. Tal lectura me catapultó a otras tantas, entre ellas los escritos del psicoanalista Sigmund Freud.
Del libro de Unamuno recuerdo sus interrogaciones permanentes, su angustia existencial, lo que me llevó a una auténtica inmersión en la obra unamuniana. Títulos como «Paz en la guerra», «San Manuel Bueno Mártir», «Contra esto o aquello» o «Del sentimiento trágico de la vida» cayeron en mis manos y fueron leídos con fruición.
Recientemte he vuelto a recordar esas lecturas con motivo de conocer textos del destacado escritor, filósofo y teólogo Francesc Torralba, donde se habla de la duda como palanca de crecimiento y de la soledad como fuente de creatividad.
De la vida de Miguel de Unamuno recuerdo sabrosas anécdotas. Como cuando pronunciaba «sakeaspeare» (sic), en clase, castellanizado, refiriéndose a Shakespeare y al reir la ocurrencia los alumnos don Miguel proseguir la clase íntegramente en lengua inglesa…
-Ya que ustedes saben inglés, en inglés les impartiré-espetó a su anodadado alumnado.
Siempre me impresionó su proclama ante Millán Astray iniciado el Alzamiento contra la República:
-Ni venceréis ni convenceréis.
También me llamaba la atención aquella manera tan particular de decir:
-Permitan que me pongan a mí mismo como ejemplo, ya que soy la persona que tengo más a mano.
Y de su irrefrenable genio polemizador. Su llamar «nivolas» a las novelas. Su dialéctica follonera. Sus contradicciones mercúreas, pero siempre guiado por el deseo de autenticidad y de trascendencia.
Gran y atormentado tipo ese don Miguel, don Miguel de Unamuno y Jugo.