Vuelvo a ver su rostro en la ventana tras unos meses de pausa. Quizá veinteañero, muestra mirada de discapacitado. Ha convertido la ventana de su cuarto en pantalla de televisión de cuanto se cuece en el pequeño mundo de la barcelonesa calle de Córcega.
Rostros de ventana he conocido unos cuantos. Uno de ellos era el viejete de Santa Maria de Basora (Vidranès, en la confluencia de Barcelona con Gerona) que indefectiblemente vigilaba quién tomaba la curva frente a su masía. Un día dejó su estratégico puesto de guardia y ya no le volvimos a ver.
Los rostros de ventana son así: duran lo que duran. A veces años. En unos casos perduran hasta el final. En otros, aparecen y reaparecen. Son interrupciones que confunden y dan pábulo a todo tipo de especulaciones.
Los rostros de ventana mueren con el enigma a cuestas. El enigma de saber qué hacían tanto tiempo con la nariz pegada a los cristales mientras la vida transcurría.