Mi padre ha dejado atrás tres semanas de hospitalización en la Clínica del Remei de Barcelona y todos en casa suspiramos con alivio. Ha sido una nueva batalla ganada contra un cáncer agresivo e inmisericorde.
Atrás quedan los desayunos oteando el skyline barcelonés desde la cafetería de la octava planta; el trajín de buses turísticos por la calle Escorial; la encrucijada de caminos en la plaza Joanic y la belleza sublime de Gràcia, sus gentes, sus comercios, su ambiente.
La familia ha redescubierto Gràcia, sus aledaños y sus portentosas mejoras urbanas.
Diríase que aquel es un barrio mágico, donde la vida rezuma, la luz impregna todos los rincones y la ciudad se revela particularmente prodigiosa.
Es un alivio volver a una cierta normalidad, dejar el lecho incómodo de la clínica y el olor a orín y alcohol de la habitación.
La vida sigue.