Yo la única borrachera que recuerdo es la de hartarme de champán a los 8 años a fuerza de libar a discreción los restos de las copas de una boda. Y fue una embriaguez leve, sin vómitos. A lo sumo, un estado de euforia desmedida.
Pero ahora me recuerdan que un par de año antes mi hazaña etílica ya tenía un precedente, en este caso de vino casero: me encontraron en el suelo de la calle Sanjuanistas de Barcelona retozando de manera alegre e inusual. Eso unido al hecho de encontrar algunas botellas vacías llevaron a la conclusión de que «el niño se ha emborrachado».
No recuerdo haber estado posteriormente nunca en estado de embriaguez. Nunca. A lo sumo, haber bebido en exceso y haber vomitado al mezclar líquidos de manera inconveniente.
Sin embargo, no encuentro a faltar la experiencia. Las jaquecas que derivan de los estados etílicos apenas las he conocido pero siempre que he tenido una aproximación a la experiencia he tomado nota de lo doloroso del percance.
Otra cosa ha sido la ingesta excesiva de Coca-Cola, que marcó el inicio de mi adolescencia y que me creó estados de excitación excesiva y noches insomnes. Pero reaccioné con el tiempo y hoy en día rara vez consumo este brebaje que en su momento llegó a fascinarme e incluso a crearme adicción.