No puedo regresar a Mallorca y dejar de revisitar Binissalem. Es un pueblo precioso, en la mancomunidad llamada del Raiguer, a los pies de la sierra de Tramuntana, recientemente declarada espacio natural patrimonio de la humanidad.
De Binissalem me impresiona la piedra ocre de sus casas, el robusto campanario de la iglesia, la glorieta de su plaza mayor.
He buscado en vano la casa-museo del escritor Llorenç Villalonga. Lo volveré a intentar.
Tengo también pendiente visitar las bodegas de José Luís Ferrer. Excelentes vinos, por cierto, aunque poco conocidos. Es lógico: la producción es escasa pero los entendidos dan buena cuenta de estos caldos.
(Siempre recordaré los sabios consejos enológicos –que incluían los vinos Ferrer- de mi amigo Antoni Vidal en sus tiempos de director de RNE para Baleares: conocerle en Mallorca fue un regalo del destino).
Me he acercado también a la estación del tren de Binissalem. Prácticamente desértica. Me fascina este medio de transporte. Mi Mallorca ideal contemplaría una densa red de trenes ligeros y campestres.
(Lo hubo a comienzos del siglo XX Palma-Llucmajor y lo quitaron por obsoleto; qué cosas).