Entre las mejores páginas leídas en mi adolescencia recuerdo un texto de Julio Cortázar de consideraciones sobre la actitud correcta que hay que mantener en los velorios.
Cualquier día alguien debiera -de manera sistemática y rigurosa- documentar lo que conviene hacer en los campos de fútbol a la luz de la proliferación de ese fenómeno llamado tangana, deportiva y ultramediática, remedo de las tradicionales peleas callejeras o de las broncas de salón en los westerns de toda la vida.
Observo (a base de repetición y del inestimable apoyo de YouTube) algunas circunstancias que se repiten:
*las tanganas empiezan de la manera más insospechada pero por lo general emanan de un rifirrafe entre dos jugadores que ya se las han tenido a lo largo del partido.
*por ensalmo, el conflicto entre dos deviene tumulto multitudinario, cual reacción de anticuerpos ante amenaza viral.
*inequívocamente hay cuatro grupos o bandos: los que agreden, los agredidos, los que intentan separar y los que no se definen (llamémosles cariñosamente «the observers».)
*es fascinante comprobar un fenómeno harto repetido: quien va a separar es agredido y entonces él se convierte en agresor.
*más rocambolesco pero también frecuente: el agresor -preso de un arrebato pacifista- empieza él mismo a intentar poner paz, saciada quizá su ansia inicial de mamporro.
*indefectiblemente cuando la cosa empieza a calmarse aparece un majadero que inopinadamente reaviva la pelea aunque en los inicios él no haya tenido ni arte ni parte.
*categoricemos también la figura del taekwondoka: sus saltos son vistosos y en potencia los daños directos y colaterales, considerables.
Pero lo más grotesco (y un punto divertido) es que a menudo los que se integran en la tangana no saben qué papel adoptar y deambulan excitados buscando su rol en la trifulca.
Son unos segundos delirantes y reveladores de que la persona por encima de todo es un ser confuso y dubitativo, aunque sediento de certezas: ¿quiénes diablos son los míos y yo qué debo hacer?.
En cualquier caso, el devenir de una tangana es imprevisible. Reto a los más sesudos sabios que forjan modelos predictivos (como la evolución de la demanda o de los índices de pluviosidad) a que intenten parametrizar la evolución de este tipo de contiendas sobre el césped. La complejidad del intento dejaría en nada la teoría del caos, juegos de guerra y similares.
Como colofón, obsérvese que los participantes en el bando de una tangana pueden perfectamente apuntarse a bandos distintos en tanganas posteriores en otros partidos. O antiguos rivales de tangana hermanarse ante el agresor en futuros tumultos.
(Todo esto pensaba yo anoche mientras observaba la tangana final del España-Chile con victoria final de la Roja por 3 a 2. Indefectiblemente me acordé de aquel personaje alegre y borrachín de los cómics de Lucky Luke que sale del salón y anuncia alborozado a los cuatros vientos:¡¡Pelea!!!)