Sergi Pàmies sobre el otorgamiento de la medalla de oro a Pep Guardiola.
Sin comentarios.
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20110909/54213937133/esperando-las-metralletas.html
La Vanguardia, 9/9/11:
Esperando las metralletas:
El acto institucional en el Parlament fue la culminación de un proceso de admiración colectiva
Hasta que le colgaron la Medalla d’Honor del Parlament a Josep Guardiola, el acto de entrega había tenido cierto regusto funerario con toques de beatificación sin anestesia. De cuerpo presente, impecablemente vestido para disimular los nervios y el sudor provocados por la emoción y la responsabilidad, el homenajeado escuchó las glosas de sus amigos Evarist Murtra, Mònica Terribas y, por voz en off interpuesta, David Trueba.
Si aplicamos la adjetivación de urgencia que, en el periodismo deportivo, sirve para calificar a los futbolistas, podríamos decir «cercano» de Murtra, «intensa» de Terribas y «profundo» de Trueba.
Sin embargo, son adjetivos insuficientes, porque la elección de los glosadores ayudó a subrayar, con un trazo de generosa proximidad, virtudes como la gratitud, la lealtad y la amistad.
Mientras hablaban, el president Artur Mas chupaba las varillas de sus gafas (quizá tenía hambre) y el ex president Pasqual Maragall miraba la pantalla de su móvil. En el momento de bajar olímpicamente la cabeza para recibir el honor de la medalla, la sonrisa luminosa de Guardiola rebajó el histrionismo simbólico y el bochorno institucional de la ceremonia. Al dar las gracias, supo recordarnos que no quiere ser ejemplo de nada (lo será a su pesar), También estuvo acertado al defender una tradición tan amenazada como la pasión y la estima por un oficio. Los que le escuchaban ponían cara de pensar que tenía razón, quizá porque la política activa, la transversalidad civil y el periodismo necesitan más que nunca acercarse a la excelencia.
Por televisión, el acto fue sobrio y austero, precedido, eso sí –especialmente en el canal Esports 3– por un monográfico recopilatorio sobre el entrenador. Una de las virtudes de Guardiola, además de su excepcional trayectoria como jugador y entrenador, es haber mantenido unas relaciones excelentes con muchos periodistas. La presencia de Mònica Terribas sólo es una prueba de ello, igual que su habilidad al situarse a una distancia lo bastante cercana y al mismo tiempo lo bastante alejada del escaparate mediático y sus trincheras para no quemarse ni ser víctima de malentendidos interesados u olvidos reduccionistas.
Consciente del poder de los medios, Guardiola ha aprendido a dosificarse y a dominar cada gesto sin perder naturalidad y dejando que, a su alrededor, crecieran fenómenos de idolatría o, si me permiten el neologismo, de un parauladepepisme que, en ocasiones, despierta más compasión que pena. El acto de ayer, sin embargo, fue más la culminación de un proceso de admiración colectiva, un agradecimiento por habernos endulzado unos años económica y políticamente nefastos.
La ceremonia, esclava de las convenciones de la liturgia civil, desplegó una escenografía de valores más necesaria para el organizador del homenaje que para el homenajeado. La historia de las concesiones honoríficas es un ejemplo de cómo compaginar motivaciones propagandísticas y la necesaria pedagogía del ejemplo. El motor de este reconocimiento, sin embargo, es el talento y el éxito. Y Guardiola lo sabe.
En su primera temporada, mientras iba acumulando victorias con una voracidad casi alarmante, recuerdo haberlo felicitado por el juego y la actitud del equipo. Guardiola me miró, siempre incómodo con el elogio, y me dijo: «Cuando perdamos un partido, puedes estar seguro de que volverán a sacar las metralletas». Ayer, mientras le veía sonreír a los aplausos, pensé que, pese a sus reservas respecto a la solidez de la admiración y el respeto por la obra realizada, Guardiola ha logrado cambiar algunos mecanismos de la psicología colectiva. No sólo entre los culés, sino también entre los que, igual que él, entienden el deporte no como el refugio de tipos primarios, sino como uno de los caminos para ayudar y formar a personas.
Los mejores momentos del acto tuvieron que ver con las personas: la familia, los amigos (los discretos y los que no lo son tanto), los que le han ayudado e incluso los que, por conveniencia, y en momentos de sequía de referentes, necesitan ejemplos. Sobre todo el de alguien que no quiere ser ejemplo de nada.