Veía absorto días atrás el programa «El convidat» en TV3 en que Albert Om (progresa adecuadamente como entrevistador) se metía en el sancta sanctorum del escritor Quim Monzó y daba testimonio vivo y vivaz de sus excentricidades: las reales y las fingidas.
Curioso gracejo el de este tipo, Quim Monzó, convertido en escritor y columnista de referencia (¿cómo debe traducirse la palabra «gracejo» al catalán?)
El suyo es una combinación de neuronas en danza permanente, fragilidad engatusadora, tics que primero irritan pero luego te acostumbras y los echas a faltar. Y como colofón, la sensación de que estamos ante un individuo tierno, sensible y enfermo.
Recuerdo como mi mujer y yo le espiábamos desde nuestro primer piso en la calle Córcega de Barcelona; él allá enfrente, en la calle Rosellón, inquieto y peripatético.
-¡Es el Monzó!-exclamaba mi mujer. (Pero yo seguía leyendo).
Cierto día su hijo y nuestra hija, chiquitines, se cruzaron por la calle e intercambiaron tiernas palabras. Con este encuentro fortuito que no tuvo continuidad yo gané una anécdota para mi blog aunque no un consuegro.
El gracejo monzónico es digno de estudio. Su discurso es una mezcla de hallazgos ultrameritorios con charlotadas dialécticas de tres al cuarto. Su estampa de escritor razonablemente enfermo despierta ese instinto maternal que hasta los hombres más recalcitrantes almacenamos en nuestras entrañas.
La literatura monzónica es entretenida. Sus columnas buscan el hecho diferencial con mérito, a lo que ayuda el demérito de la gran mayoría de los columnistas rivales: no leen prensa anglosajona. Lo que se pierden.
El gracejo monzónico es la confluencia de un ser muy vivido, leído, comido, bebido y -quiero creer- razonablemente amado aunque él quizá hubiera querido serlo más. Un ser obsesivo, probablemente repleto de gran bondad y al mismo tiempo convencido de que, ante lo absurdo de la vida, uno debe dejarse llevar por el viento. Sea la tramuntana o el monzón.
De ahí esos aires. Ese gracejo monzónico.