Una de las ventajas de hacerse mayor es que uno presencia el desembarco en cargos públicos de personas a quienes desde joven ha conocido. Y lógicamente el desencanto es mayúsculo cuando los méritos curriculares no concuerdan con las exigencias del cargo.
Uno se da cuenta de que en este país el politiqueo lo impregna todo y que el talento queda arrinconado en el cuarto de los trastos. Que el principio del mérito es un cachondeo puro y duro. Muy duro.
Y, por supuesto, deja secuelas.
Que de estos polvos, vendrán amargos lodos.