Pasamos el día de Navidad en Vidrà (Girona) esparciendo las cenizas de mi padre por la finca en la que tantas décadas de esfuerzo invirtió para urbanizar con resultado estéril.
Escribimos mensajes atados a la punta de un globo que surcó majestuosamente los aires del valle ante la mirada escéptica de las vacas.
Yo tan sólo escribí tres palabras:
–Bon Voyage, papá.
Junto a sus cenizas plantamos dos arbolitos de incierto crecimiento.
Gran comida posterior en la fonda La Creu de l’Arç, escenario de tantos encuentros familiares.
(Conclusión ineluctable: somos inexorablemente presdindibles. Podemos estar o no estar. El mundo seguirá igual).